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ROMASANTA LA LEYENDA DEL HOMBRE LOBO. Capítulo I

February 8, 2017

 

I

18 DE NOVIEMBRE DE 1809

O REGUEIRO

ALDEA DE SANTA OLAYA DE ESGOS

OURENSE

 

1

 

Parecía deambular el médico aquella noche iluminada por una excesivamente radiante luna llena. Lo que en realidad hacía era esquivar los charcos embarrados que a buen seguro, iban a dejarle las botas empapadas hasta las rodillas. Mientras intentaba sujetarse el sombrero de fieltro negro con una mano y asía su abultado maletín con la otra, maldecía la hora en que vinieron a avisarle para que atendiera a una enferma con suma urgencia. Se había puesto el abrigo pesado de cuero, pero no había tenido tiempo suficiente para ponerse ropa más caliente debajo, ni siquiera una bufanda para protegerse la garganta. Y es que la noche era verdaderamente desapacible, era una noche helada de esas en las que nadie debería moverse del lado del fuego. Esas noches en las que el frío polar se te incrusta en la piel en forma de finísimas y gélidas cuchillas que se clavan hasta la médula y te paralizan absorbiéndote la energía, el calor y, en algunas ocasiones, la vida.

Atravesó casi toda la aldea después de haber dejado el carro demasiado lejos de la casa de la enferma que tenía que ver a toda urgencia. Una finísima llovizna empezó a caer y el doctor Federico Ramírez tuvo que apresurar el paso para encontrar cobijo lo antes posible.

-¡Dios, vaya noche tienen algunas para alumbrar a un rapaz! ¡Santa María Madre de Dios...!

 

2

 

-...¡Ruega por nosotros pecadores! –rezaba María Ángela Blanco que parecía ajena a la trágica escena que estaba teniendo lugar en la estancia.

Pero a pesar de las apariencias, Ángela sabía perfectamente lo que allí estaba pasando. María Blanco, su hermana, yacía en un camastro de madera, tapada solo por una sábana tan manchada de sangre que apenas se podía apreciar el color original de la tela.

-¡Vamos María, un esfuerzo más y ya viene! -le decía su prima Isabel, sin saber muy bien qué hacer.

La joven comadrona había asistido ya unos cuantos partos y alguno de ellos del matrimonio Blanco Romasanta, pero lo que estaba ocurriendo aquella noche no era un parto normal. Aquello era cosa del demonio. María Blanco aullaba con los ojos en blanco y las manos tendidas hacia el techo de la habitación, como implorando al cielo que la liberara de aquel indescriptible dolor. Dos mujeres más miraban la tétrica escena sin hablar. Una de ellas tapaba los ojos al joven Antonio, hijo de la enferma, que miraba entre las rendijas de los dedos de la mujer.

-..Ahora y en la hora de nuestra muerte, Amen -rezaba Ángela.

-¡Vamos María, otro poquito más! -Animaba Isabel.

Miguel Blanco, el marido de María Romasanta, estaba en la habitación de al lado viendo la escena por la rendija de la puerta que estaba entreabierta. Parecía insensible al frío que hacía en la calle. Vestido solo con un pantalón negro de pana, una camisa ancha blanca y un chaleco, el hombre, alto, fino y con el rostro gastado por el trabajo de muchos años, permanecía impasible mientras su mujer sufría en la habitación de al lado. Llenó un vaso con el vino de la jarra que tenía en la mesa y bebió todo el contenido de un trago.

El médico abrió la puerta de golpe, mientras Miguel Blanco depositaba el vaso sobre la mesa y se disponía a llenarlo de nuevo.

­-¡No bebas tanto Miguel, que un día te vas a morir por ello! –protestó el médico sin apenas dirigir una mirada al hombre delgado que parecía casi un cadáver a la luz de la vela, que iluminaba la rudimentaria habitación.

Don Federico abrió de par en par la puerta del cuartillo donde estaba teniendo lugar el parto y no pudo reprimir un sobresalto al ver a la mujer convulsionándose debajo de una sábana ensangrentada. Mientras tanto, cuatro mujeres y un niño asistían impotentes a la tragedia que estaban presenciando. La primera en ir al médico fue la joven Isabel para susurrarle al oído:

-No sé si será el niño o la madre, pero uno de los dos no verá amanecer.

Lo dijo muy bajo para que no lo oyera la parturienta que imploraba al señor entre gritos y convulsiones. En realidad lo dijo para que nadie más que el médico lo oyera pero Ángela tenía un oído muy fino y contestó:

-Y más nos valdrá que este rapaz no vea nunca la luz.

-Ángela por Dios no digas eso –replicó Isabel.

-Neno, ve a por un cubo de agua y busca otra sábana -dijo el médico al percatarse del joven Antonio.

-¿Yo? ¿Ahora? -contestó el niño.

-¡Pues claro, rapaziño! Que tu hermano no va a esperarte para nacer. ¡Anda, apúrate!

El chiquillo cogió una de las lámparas, pasó al lado de su padre que estaba de nuevo vaciando un vaso de vino, y después de enfundarse en un abrigo largo y cubierto por una pesada manta, salió a la noche lluviosa diciendo para sus adentros: ”Dios bendito y misericordioso, haz que nada le pase a mi madre”.

En el interior, el médico, que acababa de quitarse la chaqueta y se estaba remangando la camisa a la altura de los codos, se acercó a María, y dedicándole una sincera sonrisa, dijo:

−¡Bueno, María, alumbremos a este niño!

Cogió un paño mojado de una vieja jofaina y lo pasó por la frente de la mujer, que dio la impresión notar medio segundo de alivio, antes de volver a los espasmos.

−Forzas do ar, terra mar e lume, a vos fago esta chamada... -comenzó a invocar la hermana de la parturienta.

−¡Ángela por Dios, cállate! −le recriminó Isabel.

−...Si e verdade que tendes mais poder que a humana xente.

-¡Ángela, por el Amor de Dios, te lo ruego!

-.. Aquí e agora, facede cos espíritus…

-¡Por el mismísimo demonio! ¡Que alguien haga callar a esta maldita meiga!

La voz de Miguel Blanco sonó por encima incluso que de la de su mujer, que agonizaba con unos alaridos cada vez más fuertes.

-¡Callete tú, borracho inutil! ¿Es que no ves lo que has hecho? Este niño es el séptimo varón, de un séptimo varón que nacerá en luna llena y portará la fada durante toda la vida.

-Este niño no es mi séptimo hijo, vieja estúpida. − contestó Miguel al tiempo que se levantaba de la mesa−. ¿No ves que tan solo tenemos...?

-¿Y Luis? –cortó la mujer−, murió al nacer pero nació. ¿Y Sebastián? ¿Acaso me vas a decir que este niño no va a nacer maldito? Si ya estás viendo que la primera vida que se va a llevar es la de su propia madre.

-Ángela, te lo ruego por lo más sagrado. ¡Ángela! −suplicó Isabel.

De pronto, un grito hizo que la discusión se parase de golpe. El chillido de terror de Antonio pidiendo auxilio provenía de fuera de la casa. Dejando de lado completamente la discusión con la mujer, Miguel blanco salió corriendo de la habitación y se dirigió a la puerta de la calle, no sin antes agarrar el fusil que colgaba de la pared al lado de un calientacamas.

- ¡Antonio! ¿Dónde estás?

-¡Aquí padre! -respondió el muchacho.

Miguel fue corriendo hacia el cobertizo y al entrar en la casamata de madera, advirtió a través de la luz de la lámpara, a su hijo de rodillas sosteniendo a un cordero que se desangraba.

-¡Ha sido un lobo padre! ¡Un lobo ha degollado al cordero!

-¿Te ha hecho algo? Dime. ¿Te ha herido el lobo?

-No padre, pero estaba aquí. Tenía la mirada del demo. Era el mismísimo Satanás.

El hombre enfurecido salió a la oscuridad de la calle y quedó parado a la puerta de la cuadra escrutando las tinieblas nocturnas y tratando de localizar a la bestia para darle muerte de inmediato. Tan solo podía escuchar los alaridos de su mujer desde dentro de la casa, pero a pesar de ello, trató de aislar el sonido del parto buscando el eco del monte. Y de pronto lo vio. El lobo estaba agazapado ente los pegollos del hórreo, en la más absoluta negrura. Tan solo se podía adivinar la silueta del animal, por el reflejo que la luna proyectaba sobre su pelaje.

Miguel disparó repentinamente sin siquiera afinar la puntería. El animal salió de su escondrijo y huyó en pocos segundos hacia la salida de la aldea, adentrándose en la opacidad del bosque.

-¡Maldito siervo de Satán! Algún día pagarás por la vida que hoy te has tomado. ¡Vive Dios que recordarás esta noche, bestia inmunda!

El hombre volvió al cobertizo. Su hijo seguía en la misma postura llorando mientras sujetaba el cuerpo sin vida del cordero.

-Vamos rapaz, volvamos al hogar −dijo Miguel tendiendo la mano a su hijo−, ya cazaremos al lobo mañana.

Al entrar en la casa, Miguel advirtió de pronto que su mujer había dejado de gritar. El sonido de su voz había dejado paso al llanto de un niño recién nacido. Apresuró el paso a la habitación y allí, en el umbral, esperaba sonriente Isabel, con el neonato ensangrentado en brazos. La muchacha miró al joven Antonio y sin dejar de sonreír dijo:

-¡Felicidades! Acabas de tener un hermano y tu madre se pondrá bien.

El niño se abrazó a la cintura de la mujer que sostenía a su hermano, dando gracias al Señor en voz baja. El médico, que se estaba lavando las manos, miró al padre del recién nacido y dijo:

-Por poco no se nos ha ido. Tendrás que cuidar mucho de ellos.

Ángela estaba sentada en un de las sillas de anea rezando con las otras dos mujeres, aunque los ruegos de la tía del recién nacido distaban mucho de la religiosidad, de los de las otras dos.

La escena había cambiado en pocos instantes, el llanto del niño llenó la casa, disipando los dramáticos sucesos ocurridos unos instantes antes. Miguel volvió a rellenar un vaso y apuró el vino de un trago.

Isabel puso por fin al niño sobre el pecho de su madre y esta le besó la frente. El bebe se calló por un momento, antes de volver al llanto producido por el hambre  y la necesidad de protección de una madre.

 

Acababa de nacer Manuel Blanco Romasanta. Fuera, en la oscuridad, un lobo aullaba a la luna llena.

 

 

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